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Los aficionados profesionales

Hace un par de años, cuando hacía mis pininos para chambear como bloguero, escribía en Sala Deportiva, un sitio que estiró la pata hace como un año. El eslogan del blog era “Porque el deporte también se vive desde el sofá”. Siempre estuve en desacuerdo con la máxima. En algún momento perdimos el camino, señores. En  lugar de aspirar a ser deportistas, nos conformamos con sabernos de memoria los esquemas tácticos, los nombres de los jugadores, las estadísticas del club y el cotillo de los fichajes. Decidimos hacer de la güeva un deporte, y conformarnos con aplastarnos el domingo entero a ver el fútbol en la tele -¡porque qué es un domingo sin fútbol!- , a escuchar al ‘Perro’ Bermúdez, y a enfadarnos con José Ramón. En algún momento, no sé cómo, nos convertimos en aficionados profesionales.

Será que vi Invictus en la semana, pero si me dan a escoger entre ver un San Luis – Chiapas (ok, no tan drásticos, un Pumas – Cruz Azul) o echar una buena reta con mis amigos, seguramente me inclinaré por la segunda. No digo que abandonemos la sana práctica de ver el fútbol (o cualquier deporte, que para efectos de nuestra pereza da lo mismo), sino que de vez en cuando desempolvemos la pelota y nos sintamos Messi, Kaká, o Cristiano Ronaldo (los más nacionalistas optarán por el Cuau).

El gran defecto de la cultura física es hacernos creer que hay que ser buenos, atléticos y ponchadotes para ser deportistas. Recuerdo que mi amigo Hugo, negado para el fútbol como sólo un ingeniero en sistemas puede estarlo, decidió entrarle al pambol en la oficina. ¿Por qué?, le preguntamos. “Porque qué tal que tengo un hijo y me dice ‘papá, ¿jugamos fut? ¿Con qué cara le digo que no sé”. Y ahí lo tienen, dándole a la bola para que, con suerte, el chamaquito no le salga tan malo pa’ las patadas como el padre.

El buen aficionado practica deporte, así de fácil. No importa si es un crack o si no le atina ni al arcoiris cuando dispara, lo importante es jugar.Dejemos de lado la perorata de que el deporte nos hace mejores personas – que sí lo hace, pero para qué impregnar de sermones esta entrada. Hagámoslo sólo porque nos gusta, porque nos libera, porque nos divierte. Dejemos de lado, aunque sea por unos momentos -o un domingo en la mañana, como en mi caso- nuestra investidura de aficionados profesionales, de sabelotodos del sofá. Porque, oh ventura,  ¡líbranos de ser hinchas condenados a cantar el gol ajeno en lugar de saborear el propio!

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Categorías:Uncategorized

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