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El precio de la seducción literaria

Ayer por la noche fui a Sanborn’s por una agenda. Es parte de mis propósitos de Año Nuevo ser más ordenado, disciplinado, y esas cosas que según te hacen más fácil la vida complicándotela. En fin, cansado de no encontrar una que me llenara el ojo, me fui a la sección de libros. Me gusta curiosear en las librerias, lo admito. Empecé por el área de libros de política. Parece que el tópico imperante es la gripe AH1N1 (so 2009!). En fin, me fui moviendo por los anaqueles, dejándome embobar por algunos títulos que se veían interesantes (¿soy yo, o les sobraron muchísimos libros de Mario Benedetti?). “¿Por qué no me compro un librito?”, pensé. Después de todo, la quincena seguía fresca en la cartera. Total, tras muchas vueltas -soy muy indeciso para las compras- me decidí impetuosamente por Cómo leer en bicicleta de Gabriel Zaid. 

El libro es un artículo engañoso. Se le compra con una certeza inexplicable, como si la sola adquisición literaria bastase para insertar por ósmosis el contenido en nuestro cerebro. Decía Ignacio Padilla en una clase que regalar un libro debería considerarse de muy mal gusto. Un libro es, en síntesis, una obligación. Adquirir un libro es hacerse del compromiso de leerlo. Ahí radica el truco de la literatura: hacernos creer que la poseemos, cuando en verdad es ella quien nos esclaviza El libro se inserta en nuestro día a día con un pago doble. Amén del desembolso, le debemos el más preciado de nuestros recursos: el tiempo.

La treta es simple. Comprar el libro no es comprar el contenido. Hay que avanzar, página a página, para absorberle. ¡Cuántos libros no están condenados a guardar polvo en los estantes porque sus dueños no previeron ese contrato! Para los valientes (o ingenuos) que se enfrascan en la lectura, están haciendo una apuesta. No es sólo el dinero pagado, sino los minutos gastados. Los cinéfilos saben bien de esta jugarreta. En este sentido, el libro es el precursor del contrato a plazo fijo. Se abonan horas para completar la lectura, y si se interrumpe, el único que pierde es quien se ha quemado las pestañas. 

Leer es un acto de debilidad pura. Regresamos a las librerías con la inercia necia del amante que vuelve a los recuerdos agridulces de su corazón roto.  Nosotros, los de voluntad endeble  (¡oh, piedad!), no podemos con la seducción literaria.Pero aún, no nos resistimos. Pagamos el precio por una carga, con la esperanza ciega que, cientos de páginas después, hayamos transformado el pacto en acuerdo, la obligación en placer y el tiempo estático en un viaje por universos remotos.

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Categorías:Uncategorized
  1. 12 enero 2010 en 16:55

    .

    Mi estimado Pepe (hoy ando muy formal, no sé porqué):

    Concuerdo en cierta medida con Ignacio Padilla. Recuerdo que el mejor regalo que me han dado ha sido un libro, pero también sé que soy tan especial y difícil de complacer, que algún día me regalarán algún libro que terminaré odiando, y odiando al que me lo regaló por juzgarme de tan malos gustos.

    “Regalar un libro debería considerarse de muy mal gusto”, sí. Pero también puede ser una sorpresa muy grata que te alegre todo el tiempo que gastes en leerlo.

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  1. 28 junio 2016 en 12:24
  2. 14 octubre 2016 en 10:31
  3. 14 octubre 2016 en 19:31
  4. 17 octubre 2016 en 1:02

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