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Reflexiones sobre el 3D cinematográfico

28 diciembre 2009 6 comentarios

Confieso que Avatar (Cameron, 2009) es la primera cinta que veo en 3-D. Si bien la trama se compone de un montón de lugares comunes ordenados de forma efectiva, desde la perspectiva técnica quedé maravillado. No soy de esos tecnopijos que alaban cualquier avance, pero la tercera dimensión supone un gran salto para la cinematografía. “¿No sería genial que pudiéramos ver siempre en 3D?”, leí hace poco en un comentario de Twitter. Y es que cualquiera que haya visto una cinta en el formato compartirá esta idea conmigo: la experiencia sensorial del tres-dé en el cine poco tiene que ver con nuestra perspectiva cotidiana.

El 3D fílmico es un excelente ejemplo del realismo instrumental. De acuerdo con el filósofo Don Ihde, los instrumentos (en este caso, los lentes) extienden de forma gradual nuestra percepción, añadiéndole dimensiones de la realidad que no son captables con la vista desnuda. Y es que, como bien menciona el autor, “si nuestras tecnologías fueran sólo para replicar nuesta experiencia corporal inmediata, serían de poca utilidad, y ultimadamente, de poco interés.” El deseo de ver a través del instrumento radica en esta potencia añadida.

Verán, si el 3D sólo se dedicara a darle relieve a las cintas de forma que se asemejen a la forma en que percibimos la realidad, estaríamos restando más de lo que sumamos. Despues de todo, el nuevo formato encuentra a otro instrumento – la cámara de video – cuyo uso es tan extendido que ha desarrollado un lenguaje propio. ¿Cuál es el resultado de esta combinación? Una percepción en tercera dimensión falsa en realidad, pero realista. Yo no puedo, por ejemplo, tener un enfoque selectivo en mi percepción desnuda; mientras que los tiros de cámara combinados con el 3D sí me lo permiten.

Al respecto, mi amiga Becky Santoyo me comentaba sobre la decisión del director de darle mayor peso a algunas escenas con tal de hacer lucir más el efecto. Es lógico. Nos encontramos en la primera fase tecnológica, la de la fascinación. No hay que olvidar que el cine, en sus etapas más tempranas, inició con una fijación por capturar el movimiento, antes de desarrollar su propio lenguaje. Es normal, por tanto, esperar el boom de adaptaciones al 3D de nuestros clásicos favoritos, o la creación de cintas cuyo lucimiento estético sacrifique un poco la inteligencia de los guiones. Y entonces sí, llegará el verdadero cambio: directores nativos del 3D, cuyo afán trascienda el embobamiento y experimenten con la herramienta para desarrollar una narrativa propia. Hasta entonces, sigamos maravillándonos esos elementos que nos flotan justo enfrente de nuestras narices.

Si nuestras tecnologías fueran sólo para replicar nuesta experiencia corporal inmediata, serían de poca utilidad, y ultimadamente, de poco interés
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De las lecturas disidentes

27 diciembre 2009 7 comentarios

La primera vez que escuché la expresión lectura disidente fue en mi examen profesional de licenciatura. Ahí estaba yo, parado en el púlpito, acribillado por mis sínodos. Ya había librado al primero, el Dr. Gustavo Barrientos, quien amablemente sólo me cuestionó sobre el poco ahondamiento antropológico de mi tesis. “Después de todo”, pensé excusándome, “es una tesis de Comunicación“. Eso me pasa por meterme en cuestiones de reinterpretación sensorial, mea culpa. En fin, creo que sortée sus preguntas con decoro, pero lo mejor estaba por venir.

Tocó turno del Dr. Alberto López Cuenca. Y ahí estaba yo, tratando de defender mi tesis de fenomenología frente a un filósofo hecho y derecho. Lo primero que me increpó fue que no hubiera incluído a un autor checo nacido en los 1920s, exiliado en Brasil. Claro que, cuando te dicen que has olvidado consultar a Vilém Flusser, fenomenólogo de la comunicación y la producción artística, te tienen bien agarrado de los cojones. Bien que mal, alcancé a capotear ésa, pero la siguiente observación fue fulminante. “Creo que debiste hacer una lectura disidente de Heidegger”, señaló. En ese momento sólo sentí ganas de hacerme a un lado y aplaudir. El resto del debate se centró en discutir el papel de la tecnología como acontecimiento, y otras reflexiones que por espacio y cordura no reproduciré.

Sobra decir que me ha quedado grabada la frase. Hacía tiempo que quería utilizarla para una columna o algo por el estilo. Al final, decidí nombrar este blog así porque sintetiza el espíritu de lo que leerán (espero) en este espacio. El mundo, nuestro mundo, está gobernado por el discurso. Vivimos en una sociedad simbólica, una realidad entendida, delimitada y creada a partir de nuestro lenguaje. La política, la ciencia, el arte… cada uno es un discurso que interpretamos constantemente, y a partir del cual construimos nuestra existencia como individuos y como sociedad. En síntesis, somos una sociedad de palabras, de ritos, un mundo cuyo sentido radica en la lectura que hagamos de éste.

Una lectura disidente,  – que va desde la crítica y el desacuerdo, hasta el humor y la ironía – permite incrementar nuestro horizonte, ese cúmulo de conocimientos y experiencias que usamos para interpretar la realidad. Soy fiel creyente de la dialéctica, y es sólo mediante la oposición y el debate que surge la superación de las ideas. Este sitio no tiene un propósito doctrinal. Para nada. Es sólo mi visión, para gusto o repudio de quien guste postrar su mirada. Y es que, como diría mi amigo Alonso Fragua, “periodista o bufón, el bloguer se debe ceñir a un código de valores – sean suyos o prestados, pero valores, principios que guíen su labor y su vida en el mejor de los mundos posible.” Sea la risa o la reflexión la herramienta, permitámonnos aportar más textos a este mundo de palabras.

Éste es mi granito de arena. Pásenle, están en su casa.

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